Antimateria: qué es, aplicaciones y descubrimiento

La antimateria es la extensión del concepto de antipartícula a la materia, siendo así una misteriosa entidad que se aniquila en contacto con la materia ordinaria y que podría tener asombrosas (e incluso aterradoras) aplicaciones.

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Centro Espacial Kennedy. 16 de mayo del año 2011, 08:56 a.m. El transbordador espacial Endeavour de la NASA, tras cerca de veinte años de funcionamiento y 25 misiones después, se embarca en su última misión, la STS-134. Este programa, uno de los más importantes de la historia de la agencia espacial estadounidense, tenía el objetivo de trasladar a la Estación Espacial Internacional, una preciada carga.

Hablamos del AMS, el Espectrómetro Magnético Alfa, un módulo experimental desarrollado por el CERN y bajo la dirección de Samuel Ting, físico de partículas estadounidense y ganador del Premio Nobel. Este investigador, con su equipo, había desarrollado un equipo que permitiría cambiar nuestra comprensión del Universo y resolver uno de los mayores enigmas de la historia de la Física.

Pero en 2008, cuando este módulo estaba listo, el entonces presidente George W. Bush denegó los fondos que iban a permitir al CERN enviar este espectrómetro al espacio. Pero en primavera de 2009, la administración de Barack Obama entregó dichos fondos y la NASA inició la misión. Dos años después, el Endeavour estaba portando el módulo experimental hasta la Estación Espacial Internacional, montando este aparato para que empezara a operar.

Y el 19 de mayo, el espectrómetro empezó a tomar datos. Pero no de la forma habitual. El AMS no iba en búsqueda de planetas, de galaxias, de supernovas o de cualquier objeto conocido del Universo. Iba en búsqueda de algo extraño. Algo que jamás nos habíamos aventurado a buscar. Algo que representa uno de los mayores enigmas del Cosmos y cuya naturaleza puede ayudarnos a comprender el propio origen del Universo.

El AMS instalado en la Estación Espacial Internacional estaba buscando rastros de antimateria en el vacío del espacio. El módulo era un detector de antipartículas; y la misión, un proyecto para desvelar la naturaleza de dicha antimateria. Una entidad que, por mucho que parezca algo propio de la ciencia ficción y que potencialmente sea la sustancia más peligrosa del Universo por su inimaginable poder destructivo y, a la vez, una entidad que, en cuanto seamos capaces de controlarla, puede marcar una nueva era en la historia de la humanidad por sus aplicaciones tecnológicas, esconde las claves para comprender de dónde venimos y que nos hace ver lo cerca que estuvo todo, en los primeros instantes de la creación, de la total aniquilación. Y en el artículo de hoy, de la mano de las más prestigiosas publicaciones científicas, analizaremos todo lo que sabemos (y lo que no sabemos) acerca de la antimateria.

Una oscura verdad emerge de las matemáticas: ¿cómo se descubrió la antimateria?

Era el año 1898. Arthur Schuster, físico alemán-británico conocido principalmente por sus estudios en espectroscopia, publica en la revista Nature un artículo que, en su día, fue tachado de sensacionalista, con muchos otros físicos atacando dicha publicación por carecer de fundamentos científicos. Y, en su momento, tuvieron razón. Schuster acababa de teorizar la existencia de lo que él bautizó como antimateria.

Este físico, cuando la teoría del Big Bang todavía ni siquiera se había desarrollado, creía que, en los orígenes del Universo, por cada partícula de materia creada, debía haberse creado su opuesta. Unas partículas a las que llamó antipartículas y que, pese a ser exactamente iguales que las partículas de la materia ordinaria, tenían la particularidad de ser de carga opuesta.

Estas, al agregarse entre ellas, conformarían antiátomos y estos, a su vez, una antimateria que, en contacto con la materia bariónica, provocaría la aniquilación instantánea de ambas, liberando cantidades ingentes de energía. Schuster planteó la hipótesis de que la antimateria, en esta lucha, hubiera quedado relegada a rincones alejados del Universo. Islas de antimateria en el vacío separadas de la materia ordinaria donde constituiría antiplanetas, antiestrellas, antigalaxias e incluso antiseres vivos.

No es de extrañar que nadie defendiera esta teoría de Schuster. Y es que no tenía ningún fundamento matemático más allá de la pura especulación. Pero unas décadas después, un Arthur Schuster de 80 años vería como su aparentemente descabellada hipótesis escondía una aterradora verdad. El físico no se había equivocado. Y tenía más razón de la que seguramente él mismo esperaba y quería tener.

Era el año 1928. Paul Dirac, ingeniero eléctrico, matemático y físico teórico británico considerado como uno de los padres de la mecánica cuántica, llega con una ecuación de ondas relativista con la que pretendía describir cómo se comportan las partículas cuando viajan a velocidades cercanas a la de la luz. Quería una versión relativista de la ecuación de Schrödinger, pues a Dirac le preocupaba que la mecánica cuántica no encajara con la Relatividad General de Einstein.

Con esta ecuación, Dirac había logrado la primera unificación matemática de la física cuántica con la física relativista, algo que le valdría para ganar el Premio Nobel de Física en 1933. Toda la comunidad científica alabó el trabajo de Dirac, pero él solo podía pensar en una cosa. En la extraña predicción que escondía su ecuación.

Dirac fue el único en darse cuenta de que la ecuación hacía llegar a dos soluciones de forma similar a cómo la raíz cuadrada de un número positivo siempre tiene dos resultados. Dirac vio cómo una de las soluciones sí que describía al electrón, pero la otra solución apelaba a algo extraño, una partícula no contemplada en el modelo estándar. De las matemáticas estaba emergiendo algo, pero Dirac se obligó a pensar que algo fallaba en su ecuación. Pero por mucho que intentara refutarse a sí mismo, la evidencia seguía ahí.

No se había equivocado. Las matemáticas acababan de demostrar que había todo un mundo más allá del modelo estándar. La ecuación estaba bien. Y esta predecía la existencia de un inverso para cada partícula conocida. Y aunque le tomó tres años reunir el coraje para anunciar al mundo su descubrimiento, al final lo hizo. Dirac acababa de dar la primera evidencia matemática a la existencia de, por aquel entonces, fantasiosa antimateria. Su ecuación acababa de mostrar el antimundo que se había ocultado ante nuestros ojos.

Dirac demostró cómo la primera solución de su ecuación describía al electrón; pero la otra, a una partícula de la misma masa y espín que este pero de carga eléctrica opuesta. Estábamos ante un antielectrón, que fue conocido también como positrón. Pero no se aplicaba solo a los electrones, sino al resto de partículas del modelo, incluidos los quarks. Existirían también los antiquarks, y como estos constituyen los protones del núcleo, habría antiprotones. Y, a su vez, habría antiátomos.

Schuster, quizás tenía razón. Era probable que la antimateria existiera. Y la teoría de Dirac, de ser considerada cierta, podía revolucionarlo todo. No solo doblaríamos el número de partículas conocidas, sino que abriríamos la puerta a una nueva era de la física. Pero, de momento, su existencia solo se desprendía de las matemáticas. Teníamos que encontrar señales de ellas experimentalmente. Y este hecho, por suerte, no tardaría en llegar.

Era el año 1932. Carl David Anderson, físico estadounidense ganador del Premio Nobel de Física en 1936, se encontraba estudiando, en el Instituto de Tecnología de California, los fotoelectrones producidos por las radiaciones cósmica en una cámara de burbujas, un detector de partículas cargadas eléctricamente formado por una cuba con hidrógeno líquido a una temperatura ligeramente más baja a su punto de ebullición. En ella, cuando una partícula cargada pasa cerca de un átomo, es suficiente como para originar burbujas de líquido vaporizado. Y esta traza puede fotografiarse.

Y en uno de los muchos estudios realizados, en una de las fotografías vio algo extraño. Una traza cuyas medidas y curvatura demostraban que habían fotografiado un electrón, pero se inclinaba en la dirección opuesta. La partícula que habían captado se comportaba exactamente igual que un electrón pero se curvaba como si tuviera una carga positiva. Un electrón tenía que tener carga negativa. No tenía sentido. A no ser que aquello que había fotografiado no fuera un electrón…

Anderson acababa de detectar un antielectrón. Y este descubrimiento del positrón, que le valió al científico su Premio Nobel, mostró que lo que las matemáticas de la ecuación de Dirac escondían era cierto. La antimateria existía. Pero el viaje acaba de empezar. Ahora debíamos resolver su puzzle.

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Paul Dirac.

¿Qué es la antimateria?

Con su teorización matemática y su posterior descubrimiento, supimos que la antimateria es la extensión del concepto de antipartícula a la materia. Una entidad compuesta, pues, por antiátomos que, a su vez, están compuestos por antipartículas, las cuales tienen las mismas propiedades de masa, tamaño, espín e interacciones fundamentales que las partículas de la materia bariónica, solo que con una carga eléctrica opuesta. Y a nivel de la teoría cuántica de campos, que ve las partículas como excitaciones en estos campos cuánticos, las antipartículas serían excitaciones opuestas en los mismos.

Así, no tiene nada que ver ni con la materia oscura ni mucho menos con la energía oscura. La antimateria es como la materia ordinaria, aquella que está formada por bariones (protones y neutrones) y por leptones (electrones) y que conforma todo aquello que podemos ver, percibir, medir e interactuar con ello en el Universo, solo que las antipartículas que la conforman tienen una carga eléctrica opuesta a las partículas ordinarias del modelo estándar.

El positrón descubierto en 1932 por Carl Anderson fue la primera evidencia de su existencia, viendo así como los antielectrones, exactamente iguales que los electrones en sus propiedades con la “simple” diferencia de tener carga eléctrica positiva en lugar de negativa, eran una realidad. Y desde entonces, sabiendo que debía existir una antipartícula por cada partícula, fuimos en busca de las otras. Pero nos topamos con un problema.

Detectar antielectrones es sencillo. Constantemente nos están bombardeando. Y no solo procedentes de los rayos cósmicos. Un plátano libera un antielectrón aproximadamente cada hora. Incluso tú emites 180 antielectrones por hora. Pero con antipartículas más masivas, la cosa cambia. Para antiprotones, necesitamos acelerar un bosón hasta energías cada vez más y más altas que tienes la suficiente como para que esta partícula pase por un proceso de creación de pares. El proceso a través del cual se crea una partícula subatómica y su antipartícula correspondiente.

Y aunque el fundamento científico lo conociéramos, dadas las limitaciones tecnológicas, estuvimos un par de décadas sin descubrir otras antipartículas. Pero en 1955, Emlio Segre y Owen Chamberlain, físicos estadounidenses de la Universidad de Berkeley, gracias al acelerador de partículas Bevatron, consiguieron descubrir el antiprotón.

Pero, al mismo tiempo, nos dimos cuenta de lo complicado que iba a ser su estudio y, sobre todo, una futura producción con fines tecnológicos. Porque estando en contacto, materia y antimateria se aniquilan entre ellas en menos de un nanosegundo. Este hecho es el que lleva a la antimateria a ser uno de los grandes misterios del Universo y, a la vez, tanto la maldición como el sueño de las perspectivas de futuro que tenemos con dicha antimateria. Pero vayamos paso a paso.

Cuando un positrón se encuentra con un electrón, simplemente se liberan dos fotones. Pero cuando un antiprotón se encuentra con un protón, el núcleo atómico se desgarra. Y esta aniquilación instantánea de materia-antimateria es lo que abrió las puertas a una de las mayores incógnitas a las que se ha enfrentado y sigue enfrentándose la Física. Un misterio que llevamos más de sesenta años intentando resolver.

Porque si las leyes físicas no tienen preferencias por un signo positivo o negativo, esperamos que en el Big Bang se crearan las mismas cantidades de materia que de antimateria y sabemos que la antimateria y la materia tienen las mismas propiedades y se aniquilan al instante cuando entran en contacto… ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué, en el primer instante de vida del Universo, no se aniquiló absolutamente todo? ¿Por qué quedó materia y no simplemente un vacío eterno? ¿Por qué no se aniquilaron por completo? ¿Por qué ganó la guerra la materia? ¿Dónde está toda la antimateria? Estas preguntas son las que conforman el conocido como la anomalía de la bariogénesis.

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La anomalía de la bariogénesis: ¿por qué existe una asimetría entre la materia y la antimateria?

Era el año 1967. Andréi Sájarov, físico nuclear soviético y activista de los derechos humanos ganador del Premio Nobel de la Paz en 1975, centró sus estudios en esta anomalía de la bariogénesis, un problema que apelaba a la asimetría no observada que debió producirse entre bariones y antibariones durante los primeros instantes de existencia del Universo.

La anomalía apelaba a la aparente imposibilidad de que la formación del Cosmos resultara en cantidades elevadas de materia bariónica y en cantidades tan ínfimas de antimateria. Las observaciones y teorías acerca del comportamiento materia-antimateria nos decían que, simplemente, el Universo no podía existir. Todo debía haberse aniquilado. Pero, sin embargo, aquí estábamos. Algo debía haber ocurrido en el nacimiento del Cosmos.

Sájarov dijo que, de existir la simetría entre materia y antimateria y en caso de que se hubieran creado en condiciones iguales, estas se tendrían que haber aniquilado y dejado solo radiación en el vacío. Después de la billonésima parte de un segundo después del Big Bang, el Universo se enfrió lo suficiente como para que emergieran las partículas fundamentales en pares de carga opuesta materia-antimateria. Primero los quarks y los antiquarks y después, los leptones.

Suponiendo una perfecta simetría, la materia y la antimateria se habrían aniquilado al instante y, menos de un segundo después de la creación del Cosmos, ya no habría nada. Todo se hubiera aniquilado. Nuestra propia existencia era una paradoja. No tendríamos que estar aquí. Hasta la última partícula de nuestro ser debía haber desaparecido hace 13.800 millones de años, cuando el Cosmos nació.

El físico soviético propuso que debió ocurrir algo que rompió la simetría. Algo tuvo que ocurrir para que, por cada billón de antipartículas que se crearon, se crearon un billón más uno de partículas. Este pequeñísimo e ínfimo desbalance fue lo que nos salvó de la aniquilación. En la lucha más devastadora de la historia del Universo, en apenas un segundo, por cada billón de partículas de materia y antimateria aniquiladas, una de materia sobrevivía. Y estas supervivientes son las que dieron lugar al Universo tal y como lo conocemos.

Pero con ello, venía la gran pregunta. ¿Cuál es el origen de este desequilibrio? Por desgracia, ni Andréi Sájarov ni ningún científico ha sido capaz de responder a esta pregunta. Y desde entonces, el problema de la asimetría materia-antimateria sigue siendo una de las grandes incógnitas del mundo de la física y de la cosmología moderna. Un enigma que, en cuanto lo resolvamos, podremos comprender el origen del Universo como jamás lo hemos hecho.

En 1964, James Cronin, físico nuclear estadounidense, junto a Val Logsdon Fitch, físico estadounidense, estudiando el decaimiento de los kaones, un tipo de partícula del grupo de los mesones, descubrieron que, en su antipartícula, la transformación a partícula no volvía a ocurrir con la misma probabilidad. Fue la primera vez que vimos ligeras diferencias en las leyes físicas que gobiernan la materia y la antimateria, pero no fue suficiente como para trasladarlo al resto de partículas.

Así que seguimos sin entender por qué no existió una simetría en el Big Bang y qué ocurrió para que preferiblemente se creara materia o se destruyera antimateria. Porque, de momento, las observaciones no indican que hubiera ningún desequilibrio. Las ondas gravitacionales pueden darnos pistas acerca de lo que ocurrió, pero todavía no somos capaces de detectarlas bien. Así que ante este conflicto, han surgido distintas hipótesis.

Richard Feynman, físico teórico estadounidense, dio una solución a esta anomalía en la asimetría. Postuló que era posible que la antimateria fuera lo mismo que la materia pero moviéndose hacia atrás en el tiempo. Así, propuso la hipótesis de que en el Big Bang, la antimateria empezó a ir hacia atrás en el tiempo para no encontrarse jamás con la materia. Si rebobinaras el reloj cósmico hasta el Big Bang y pasaras de largo, entonces verías cómo el Universo se ramificó en dos direcciones temporales opuestas. En el nuestro, la flecha del tiempo favoreció a la materia. Y en el opuesto, a la antimateria.

Al mismo tiempo, se ha teorizado que algo tuvo que ocurrir en el origen del Universo para impedir la aniquilación de la materia y la antimateria. El Cosmos se protegió a sí mismo de la aniquilación separando a la materia y a la antimateria tan deprisa que no llegaron a tener tiempo de aniquilarse. Y a la pregunta de por qué la antimateria es tan extraña en el Universo, se ofrece una respuesta muy acorde a las ideas que fueron consideradas fantasía de Arthur Schuster, quien acuñó el concepto de antimateria.

Como él predijo, es posible que la antimateria quedara relegada a rincones alejados del Universo, conformando islas de antimateria donde tendríamos antiplanetas, antiestrellas y antigalaxias. Aun así, tendríamos que ver rayos gamma procedentes de los bordes entre el Universo común y las islas de antimateria fruto de la aniquilación de las antipartículas; cosa que, al menos de momento, no hemos detectado…

En esta misma línea, también se ha teorizado que la antimateria quedara condensada en antiestrellas dentro de este nuestro Universo. No serían islas cósmicas de antimateria. Sino simplemente estrellas compuestas de antipartículas que podrían sobrevivir en el Universo, pues en el vacío hay tan poca materia que se aniquilarían muy lentamente.

Y tan fuerte es esta hipótesis que, el pasado año 2021, un grupo de astrónomos de Toulouse, Francia, analizaron los datos del telescopio Fermi, un telescopio de rayos gamma que ya descubrió cómo se formaba antimateria por aceleración alrededor del agujero negro de Sagitario A en el centro de nuestra galaxia, en busca de brillos extraños en estrellas de nuestra galaxia que encajaran con lo esperado en caso de que hubiera aniquilaciones de materia-antimateria.

Y este estudio, para sorpresa de toda la comunidad astronómica internacional, concluyó con el descubrimiento de 14 candidatos a antiestrellas en las regiones cercanas de nuestro vecindario galáctico. Y ahora mismo, están investigándolas. Pero el equipo cree que 2 cada millón de estrellas serían antiestrellas.

Al mismo tiempo, el módulo AMS del que hablábamos al principio está recogiendo datos a la espera de encontrar átomos de antihelio, anticarbono y otros elementos más pesados. Porque, por ahora, solo estamos detectando antipartículas. De encontrar antiátomos, este hallazgo demostraría que existen antiestrellas en cuyos corazones se formaron y que la simetría, después de todo, no se rompió. Simplemente, la antimateria encontró su lugar en el Universo.

Y es que aunque solo hayamos descubierto antipartículas que se crean y aniquilan en nanosegundos, como en las reacciones de fusión nuclear del Sol, en las zonas altas de la atmósfera superior de la Tierra por el impacto de partículas de alta energía e incluso en los rayos de las tormentas, todo parece indicar que, de no ser porque la materia domina de forma aplastante y estas antipartículas se aniquilan muy deprisa, esta antimateria podría ser perfectamente estable si consiguiera aislarse de la materia y que, de hecho, se vería como materia ordinaria, siendo incluso imposible diferenciarla de ella.

Veremos a qué nos conduce estos y otros estudios. Pero, de momento, una cosa está clara. Lo sabemos casi todo sobre la antimateria, excepto por qué es tan rara. Pero, bueno, en el fondo, no pasa nada. Porque somos capaces de construirla aquí en la Tierra. Eso sí, prepara la cartera. Hablemos de las fábricas de antimateria.

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La fábrica de Antimateria: ¿cuánto cuesta y para qué sirve?

El CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire) dispone de una instalación que, por muy propio de la ciencia ficción que parezca, se trata de una auténtica fábrica de antimateria. La única en todo el mundo. Unas instalaciones donde los equipos de investigación llevan más de 30 años produciendo antimateria, la, como veremos, sustancia potencialmente más peligrosa del Universo.

Para crear algo que pudo haber aniquilado el Universo tan solo necesitas algo de hidrógeno y acelerar los protones después de romper estos átomos. Cuando los aceleras lo suficiente, casi a la velocidad de la luz, e impactan con un bloque de iridio, la energía cinética se transforma en pares de partículas y antipartículas.

Posteriormente, entra en juego otra máquina, el desacelerador ELENA de antiprotones, que reduce su velocidad a 1/10 de la velocidad de la luz. Entonces, ya puedes atrapar algunos. Esta instalación está produciendo 10 millones de antiprotones por minuto. Y a lo largo de un año, está generando 10 elevado a 14 antiprotones. ¿Cómo puede ser que se permita esto? Bueno, porque 10 elevado a 14 antiprotones es más o menos la décima parte de un nanogramo. En un año.

Si reuniras toda la antimateria producida en los últimos 30 años, tendrías aproximadamente 10 nanogramos, que es la milmillonésima parte de un gramo. Pero es que además, ni siquiera podrías reunirla. Porque el máximo tiempo que hemos logrado retener antiátomos es de 16 minutos. Un récord que se logró en 2010 con unos cuantos cientos de átomos de antihidrógeno. Hay que atrapar a los antiátomos en un campo electromagnético porque en el momento en el que entran en contacto con la materia, adiós.

Pero en un hipotético caso de que pudiéramos retener indefinidamente la antimateria, si quisieras tener 1 gramo de esta, necesitarías que esta máquina del CERN estuviera en funcionamiento continuo durante 600 millones de años. Tras este tiempo, tendrías tu gramito de antimateria. De ahí que se diga, más a modo de curiosidad, que a nivel proporcional, la antimateria es la sustancia más costosa del mundo.

Porque evidentemente, mantener esta instalación del CERN funcionando durante 600 millones de años, te costaría un poco. Concretamente y según las estimaciones, unos 60 trillones de dólares. Es decir, 60 millones de millones de dólares. O lo que es lo mismo, el 68% del PIB mundial. Barato no nos saldría.

Pero como decimos, todo esto es hipotético. Hasta el día de hoy, apenas hemos fabricado 10 nanogramos en total y todo ello lo vamos perdiendo. No podemos retener la antimateria porque en el momento que entra en contacto con las paredes del recipiente, esta se aniquila. En 2022, esperan construir un recipiente electromagnético que permita retener y transportar la antimateria. Aunque, bueno, visto lo visto, quizás no sea buena idea meternos en estos líos.

Porque aunque hayamos bromeado con ello, la antimateria sí que es realmente una de las sustancias potencialmente más peligrosas del Universo. Por el simple hecho de que la aniquilación materia-antimateria es una reacción que libera el 100% de la energía contenida en ella. Una bomba nuclear convierte apenas el 7% de su masa en energía. Una aniquilación materia-antimateria, el 100%.

Dos canicas, una de antimateria y una de antimateria, chocando, provocarían una destrucción equiparable a una bomba nuclear. Un solo gramo de antimateria sería suficiente para crear una bomba un 40% más poderosa que la de Hiroshima. Y si dos cucharadas de materia y antimateria se aniquilaran, habría una explosión que destruiría la ciudad de Manhattan por completo, pues la energía liberada sería equivalente a 10 bombas nucleares o a 200.000 toneladas métricas de TNT. Y 2’5 kilotoneladas de antimateria serían tan devastadoras como el meteorito que provocó la extinción de los dinosaurios.

Pero, no te preocupes, si toda la antimateria que hemos producido a lo largo de los últimos 30 años estallara en la punta de tus dedos, sería apenas como ver una cerilla encendiéndose. Todo tranquilo. Además, no todo lo relativo a la antimateria es peligroso y puede comportar la destrucción de la humanidad.

Porque si ese gramo de antimateria sería suficiente para dar la vuelta en coche a la Tierra unas 1.000 veces, está claro que sería el combustible perfecto para las naves espaciales. Estamos todavía muy lejos de disponer de la tecnología para producir suficientes cantidades y retenerla de forma estable para usar sus aniquilaciones con la materia, pero en un futuro lejano, bastará con una porción de antimateria del tamaño de una moneda para ponernos en órbita. Y cantidades mayores permitirían incluso viajar a velocidades cercanas al 50% la de la luz, haciendo posibles así los viajes interestelares.

Pero sin irnos a supuestos tan de película, el futuro más cercano de la antimateria se encuentra, sin duda, en el mundo de la Medicina. De hecho, ya estamos usando la antimateria en los escáners PET, una tomografía por emisión de positrones donde se inciden antipartículas emitidas por materiales radiactivos para obtener imágenes detalladas del interior del cuerpo para, generalmente, diagnosticar y analizar el estado de un tumor maligno.

Y es posible que, con el tiempo, seamos capaces de, con mayor energía y mayor precisión, utilizar las aniquilaciones materia-antimateria haciendo incidir antipartículas de forma muy precisa sobre un cáncer para destruirlo sin hacer daños a tejidos sanos. Las posibilidades que ofrece la antimateria pueden, cuando la tecnología nos acompañe, cambiar por completo el mundo en el que vivimos.

Porque en la antimateria se esconde no solo la clave para dar el siguiente paso en nuestra evolución tecnológica y traspasar las fronteras que la naturaleza había establecido para nosotros, sino el ingrediente para comprender el origen del Universo. Porque en la lucha entre antimateria y materia se esconde el secreto de la creación. Y con tiempo, podremos desvelar este gran misterio.

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