Sistema inmunitario humano: partes, funciones y cómo funciona

El sistema inmune es esencial para la permanencia de los seres humanos en el medio. Un repaso de cómo consigue detectar y neutralizar las amenazas del exterior.
Sistema inmunitario humano

Los seres humanos somos un reservorio excelente para especies víricas y bacterianas: nuestra temperatura corporal similar a la de otros mamíferos y una sociedad aglutinada en espacios reducidos hacen de nuestra especie un maravilloso vector, no solo para que virus y bacterias crezcan en él, sino para que podamos transmitirlos a otros sujetos en el día a día y generar una red infecciosa de alcance masivo.

Por ello, se estima que el 95% de los seres humanos estamos enfermos en todo el mundo de forma simultánea o tenemos algún problema de salud. Por ejemplo, estudios epidemiológicos calculan que el 10-20% de la población mundial tiene la gripe en cualquier momento dado. Sorprendente, ¿verdad?

Estos datos no hacen más que subrayar la necesidad en nuestra especie de albergar un sistema que nos proteja ante los patógenos oportunistas. Hoy te contamos los principios generales sobre los que se asienta el sistema inmunitario humano, un (casi) perfecto coloso celular que nos blinda ante las inclemencias del medio, al menos de forma parcial.

¿Qué son las barreras inmunológicas?

Cuando introducimos el término “sistema inmune”, en lo primero en lo que se suele pensar es en los glóbulos blancos circulantes de la sangre, pero este va mucho más allá de los cuerpos sanguíneos. Por ejemplo, las primeras barreras inmunológicas que nos libran de muchos problemas son muy poco tenidas en cuenta: estamos hablando de la piel, las mucosas, la saliva y las lágrimas.

Por ejemplo, ¿sabías que la saliva contiene unas lisozimas con propiedades antimicrobianas que destruyen grandes cantidades de bacterias contenidas en los alimentos? Por otro lado, además de estas lisozimas, el moco también presenta lactoferrina, una sustancia que “secuestra” el hierro necesario para la síntesis de factores de crecimiento en muchos taxones bacterianos. Algo tan anecdótico como las lágrimas, la saliva o el moco, mediante enzimas, propiedades físicas y un pH adecuado, evitan la entrada de patógenos a nuestro cuerpo en primera instancia.

Todo este conglomerado físico engloba a las barreras primarias, las que están en la primera línea de defensa ante la entrada de microorganismos. Cuando estas fallan, entran en juego las barreras secundarias y terciarias, donde se encuentran los cuerpos celulares que más comúnmente asociamos al sistema inmune. Vamos con ellas.

Inmunidad

¿Cómo se clasifican los sistemas inmunes?

Según el Instituto Nacional del Cáncer, el sistema inmune se define como una red compleja de células, tejidos y órganos (y las sustancias que estos producen) que ayudan al cuerpo a combatir infecciones y otras enfermedades. Se postula que el sistema inmune surge como una respuesta evolutiva ancestral a la presencia de patógenos en el medio, razón por la cual su función exclusiva es protegernos contra agentes externos y realizar labores de inmunovigilancia dentro del propio individuo (evitar la emergencia de tumores, por ejemplo).

Con fines meramente didácticos, se suele diferenciar el sistema inmune en “innato” y “adquirido”. Esto no es del todo correcto, pues los cuerpos celulares contenidos en ambos están en continuo contacto y muchos procesos no se podrían mediar sin la actuación conjunta de ambos. Hay que tener claras dos cosas:

  • El sistema inmune innato activa al sistema inmune adquirido en respuesta a las infecciones.
  • El sistema inmune adquirido utiliza los mecanismos efectores de la inmunidad innata para eliminar a los microorganismos.

Así pues, no se puede entender uno sin el otro, pues ambos forman parte de la misma efectiva maquinaria. De todas formas, te comentamos de forma somera cada uno de ellos por separado.

1. Sistema inmune innato

El sistema inmune innato es la primera línea de defensa del individuo, llegando incluso a comprender las barreras primarias antes nombradas como la piel, la saliva, las lágrimas o las mucosas. A parte de estos tejidos, también encontramos células tales como las células Natural Killer (que destruyen a células infectadas por patógenos) y los macrófagos, que fagocitan a las bacterias, produciendo en ellas una lisis y transformando sus antígenos en péptidos.

La clave de las células presentes en el sistema inmune innato es que producen su reconocimiento frente a estructuras compartidas por clases de microbios, es decir, patrones moleculares asociados a microorganismos patógenos. A pesar de esto, los mecanismos actúan de forma genérica y no otorgan a los individuos la deseada inmunidad protectora a largo plazo. Podemos definir las funciones del sistema inmune innato en las siguientes líneas:

  • Reclutamiento de las células inmunes hacia los lugares de infección e inflamación, mediante la producción de factores químicos. Un ejemplo de esto son las citoquinas o interleucinas.
  • Activación de la cascada del sistema de complemento, cuya función es potenciar la respuesta inflamatoria, facilitar la fagocitosis y dirigir la lisis celular.
  • Activación y remoción de sustancias dañinas o extrañas presentes en órganos, tejidos, sangre y mucosas.
  • La activación de la respuesta inmunitaria adaptativa, como hemos dicho anteriormente.
Células Natural Killer
Células Natural Killer.

2. Sistema inmune adquirido

Un concepto clave es que todos nacemos con un sistema inmune innato que actúa como barrera primal en el momento del nacimiento pero, a diferencia de él, el sistema inmune adquirido se va desarrollando y perfeccionando con los años.

En este sistema se requiere el reconocimiento específico del cuerpo extraño para su consecuente eliminación pero, sobre todo, con el fin de generar un “recuerdo” que permita a las células implicadas combatir de forma más eficaz en futuras oportunidades la infección en cuestión.

Una sustancia especial cobra una gran importancia en este sistema: el anticuerpo. Un anticuerpo o inmunoglobulina es un señalizador esencial en todo este proceso, pues reconoce a un antígeno concreto (una sustancia producida por un patógeno dentro del organismo) y se une a él, facilitando que pueda ser eliminado por otros cuerpos celulares especializados.

Los anticuerpos son sintetizados por los linfocitos B en la respuesta humoral (más conocidos como glóbulos blancos en la cultura general) e inicialmente actúan como receptores en la membrana de estas células. Cuando una de estas células se activa por la presencia de un antígeno específico en el cuerpo, esta comienza a producir anticuerpos para esa amenaza concreta que circularán libremente por el torrente sanguíneo.

Así pues, los anticuerpos o inmunoglobulinas circulantes patrullan el torrente sanguíneo y los componentes tisulares del organismo, marcando a los patógenos mediante la unión a su antígeno. Cuando un macrófago o un mastocito se unen a la región constante del anticuerpo, “interpretan” que ha señalizado un elemento extraño y lo destruyen. Así pues, se trata de una respuesta específica que, además, puede ser recordada durante un periodo variable de tiempo.

En líneas generales, te hemos descrito la respuesta adquirida humoral, es decir, aquella que actúa contra los organismos extracelulares y cuya figura más importante es el linfocito B. Por otra parte, existe una respuesta inmune celular, que actúa contra microorganismos intracelulares y cuya figura principal es el linfocito T. Podemos diseccionar la respuesta celular adaptativa o adquirida en 5 sencillos pasos, pues las bases son similares al proceso anteriormente descrito:

  • Reconocimiento y presentación de los antígenos.
  • Activación de los linfocitos.
  • Diferenciación de las células específicas que están en reposo a formas activas.
  • Ataque y eliminación de los patógenos.
  • Cese de la respuesta.
Linfocitos
Representación visual de un linfocito detectando y uniéndose a los antígenos de un patógeno.

Consideraciones finales

Te hemos explicado este grupo de conceptos de la forma más somera posible, pues existen otros muchos cuerpos celulares implicados en la respuesta inmune innata y adaptativa o adquirida: nos hemos dejado en el tintero los neutrófilos, los receptores de tipo Toll y casi todos los integrantes del sistema de complemento, por ejemplo.

La idea general que debe quedarte es la siguiente: la inmunidad innata es inmediata, rápida e inespecífica. Por otro lado, el sistema inmune adquirido se desarrolla con el tiempo y se perfecciona ante cada infección combatida, pues las células de memoria supervivientes a un ataque se diferenciarán en células atacantes rápidamente, destruyendo al patógeno mucho antes de que este se multiplique en el organismo y produzca una enfermedad severa.

De todas formas, no estamos ante dos compartimentos estancos y divisibles: por mucho que los anticuerpos sean parte del sistema inmune adaptativo, se requiere de la ayuda de los macrófagos para fagocitar al elemento extraño, ¿verdad? Dónde empieza uno termina el otro, y viceversa.

Resumen

Resulta interesantísimo vislumbrar el sistema inmunitario humano desde un punto de vista evolutivo pues, al final, todo se trata de un juego de cambios y una carrera armamentística. Los seres humanos evolucionamos a lo largo del tiempo para hacer frente a diversos virus y bacterias, pero ellos sufren mutaciones contínuamente que hacen que cada vez sea más difícil combatirlos, ya sea mediante la acción farmacológica o únicamente mediante el sistema inmune.

Patógenos y hospedadores vamos de la mano, en una carrera, luchando para ver quién de los dos alcanza antes el pináculo evolutivo. Lo más curioso de todo es que los virus y bacterias patógenas no existirían sin nosotros pero, seguramente, nosotros sin ellos tampoco.

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