Trastorno explosivo intermitente: causas, síntomas y tratamiento

Este trastorno se basa en las actitudes agresivas. Veamos exactamente en qué consiste.
Trastorno explosivo intermitente

La agresividad es inherente a la naturaleza del ser humano, como un resorte conductual que nos permite afrontar situaciones que detonan respuestas de rabia o de miedo, y que podrían ser peligrosas para la continuidad de la vida. No es, pues, una realidad que nos sea ajena.

No obstante, existen casos en los que esta se escapa de todo fin adaptativo, y llega a ser la triste protagonista de la vida. Por extensión, obviamente, acaba teniendo unas resonancias incalculables sobre el entorno y sobre la forma en que se desarrolla la cotidianidad.

En este artículo abundaremos en el trastorno explosivo intermitente, el cual ha sido objeto de polémica desde su concepción allá por los años 80. Aquí trataremos cómo se expresa a nivel clínico, cuál es su etiología y el arsenal terapéutico del que se dispone actualmente.

Trastorno explosivo intermitente

El trastorno explosivo intermitente es, con total seguridad, una de las entidades diagnósticas más polémicas. Y es que, al igual que ocurre en tantos otros cuadros aplicables a la niñez (como el negativista desafiante), se realiza un "corte" categorial para el complejo fenómeno de la agresividad humana, cuya naturaleza se considera dimensional y sujeta a la cultura del sujeto que la expresa.

La principal crítica de la que se parte hacia este problema de salud es, precisamente, que su eje de rotación no es un hecho extraordinario, sino conductas que en algunas situaciones pueden ser consideradas adaptativas (al menos hasta cierto grado).

La etiqueta diagnóstica como tal nació con la tercera edición del manual DSM-III, aunque en esa ocasión todavía carecía de una estructura operativa y se incluía dentro de una categoría distinta a la que pertenece hoy en día, más en concreto en "control de los impulsos" (junto a la piromanía, la ludopatía o la cleptomanía). Al llegar la revisión de la cuarta edición de este mismo manual, se reubicó el problema y se le añadieron criterios específicos para que fuera incluido en el eje I del sistema multiaxial. En la actualidad, siguiendo el manual DSM-5, queda subsumido en la categoría de los "trastornos destructivos, del control de los impulsos y de la conducta".

Para poder elaborar el diagnóstico se precisa que la persona tenga como mínimo seis años de edad, y que cumpla una serie de criterios o requisitos que procedemos a señalar. Algunos estudios fijan su prevalencia en el 4% del total de la población, aunque existen discrepancias en su categorización que pueden estar detrás de la enorme variabilidad que se observa para este dato concreto.

Características y señales

El trastorno explosivo intermitente tiene en la actualidad la consideración de un "problema" extensible a la infancia, la adolescencia y la adultez; puesto que existe notable volumen de investigación sobre este extremo.

Por ello, los criterios que lo forman proceden de evidencias empíricas en el ámbito experimental, pero han podido demostrar su ajuste con la experiencia clínica (en términos de su sensibilidad y de su especificidad). Veamos, en lo sucesivo, cuáles son sus características.

1. Agresión verbal y física

El síntoma más importante del trastorno que nos ocupa es la clara presencia de conductas agresivas en sus vertientes física y verbal. Lo más frecuente es que ambas se presenten a la vez, dentro de un mismo episodio agudo e irrefrenable, pero las distinguiremos con fines expositivos. En todo caso, se desencadenan al menos dos veces por semana durante tres meses o más, y en ocasiones su frecuencia es tan alta que resulta difícil distinguir si existen fases libres de violencia o si más bien se trata de un continuo conductual.

Entre los episodios de agresión verbal que lo caracterizan pueden encontrarse las riñas, los insultos, los berrinches e incluso amenazas de hacer daño a terceros o a sus posesiones. Tal tipo de conductas a menudo se alza como un patrón más o menos previsible de acción, que se expresa durante momentos de frustración o contrariedad, y que con frecuencia anticipa la escalada del conflicto hacia sus dimensiones físicas. También llegan a enturbiar el modo en que el niño se relaciona con sus iguales.

La violencia física, por su parte, está dirigida a personas o sus propiedades. En ocasiones se puede proyectar hacia animales u otros niños de similar o menor edad. No obstante, y dado que este diagnóstico suele hacerse en etapas tempranas de la vida, el ataque no suele tener consecuencias permanentes y/o irreversibles sobre la integridad de quienes son objeto del mismo.

Pese a ello, jamás debe ser percibido como una pataleta ni alentado o reforzado por las figuras de cuidado, pues se fomentaría su continuidad hasta la adolescencia o más allá.

2. Arrebatos en el comportamiento

En el trastorno explosivo intermitente apenas existe planificación para la agresividad que se despliega, sino que esta emerge de una forma impulsiva y como resultado de emociones que no se pueden gestionar adecuadamente.

Por ello, es muy común que el detonante sea un suceso completamente insustancial (o incluso que no exista causa aparente), por lo que con frecuencia se percibe como desproporcionado y desconcertante. Estos actos, carentes de la más mínima meditación, deben presentarse al menos tres veces en el año anterior a la fecha de evaluación.

Una visión molecular de la cuestión arroja que los niños que actúan de este modo se sienten embriagados por la ira o el miedo, lo que llega a motivar una conducta precipitada de lucha o huida violenta. Es por ello que no se persigue ningún fin material o interpersonal, sino que se busca aliviar un afecto cuya intensidad llega a desbordar los escasos recursos de los que en esta edad suelen disponer los seres humanos. En cualquier caso, la mayoría de los afectados describen un aumento de la energía en estos instantes, así como gran irritabilidad.

Pese a que estos episodios raramente llegan a extenderse más de treinta minutos, son más que suficientes para generar un deterioro muy importante de la vida académica y doméstica, por lo que afectan de una manera severa a la cotidianidad de quienes los experimentan y de su entorno. Todo ello es mucho más relevante al llegar a la vida adulta, donde las potenciales consecuencias sobre terceros pueden ser muy graves, y motivar resonancias legales que con frecuencia se traducen incluso en la privación de libertad.

3. Pobre control de los impulsos

Una de las características más definitorias del trastorno explosivo intermitente es la conducta impulsiva, de la que se puede inferir un control deficiente de la emoción. Si bien esto es así, también es importante señalar que tal cuestión solo concurre durante los episodios agudos de agresividad, y no en el período de tiempo que media entre ellos.

Por este motivo, quienes lo presentan pueden gestionar correctamente su vida interior cuando no está comprometida por la ira o el miedo.

En el supuesto de que se hayan desarrollado actos impulsivos, y por tanto cualquier recurso de contención hubiera resultado fútil, surge de manera consistente un sentimiento de culpa o de remordimiento. Esto lo diferencia de otras patologías, como el trastorno disocial, para el que raramente se reproduce un análisis de las propias conductas y de sus consecuencias en la vida ajena. Este embrollo emocional es una de las principales fuentes de malestar para los que sufren el trastorno, junto a su impacto en las áreas clave de la vida (académica, laboral, etc.).

Para finalizar, algunos de los afectados dicen poder anticipar cuándo se va a desplegar uno de los episodios de agresividad, a través de la propia sensación corporal (que adquiere una propiedad discriminante): el miedo, la tensión, las cefaleas o las náuseas son algunas de las señales más frecuentemente reconocidas.

4. No relacionado con otros trastornos

Los síntomas que se señalan, característicos del trastorno explosivo intermitente, no deben producirse nunca dentro del contexto de otros trastornos mentales (o del neurodesarrollo) en los que pudieran reproducirse actos derivados de la agitación o de la impulsividad. Por este motivo, se requiere un diagnóstico diferencial respecto al trastorno por déficit de atención e hiperactividad (o TDAH) y la depresión infantil, pues esta última puede cursar con irritabilidad.

En el caso de los adultos deben descartarse al menos la esquizofrenia (agresión durante un episodio agudo en el que otra persona llega a incorporarse como elemento constitutivo de un delirio), los episodios maníacos propios de un trastorno bipolar (en los que pueden concurrir actos impulsivos y potencialmente peligrosos para la integridad física propia o de terceros) y la dependencia de sustancias (especialmente durante la fase aguda de intoxicación o en el síndrome de abstinencia).

¿Cuáles son sus causas?

Son muchas las causas que contribuyen a que pueda tener lugar el trastorno que nos ocupa, y pueden ser tanto orgánicas como sociales y psicológicas. En esta sección se intentará dar buena cuenta de las más importantes.

1. Eventos estresantes

La experiencia de sucesos estresantes es una de las causas más conocidas. A menudo son hechos acontecidos durante la infancia o en la adolescencia (momentos de especial auge en sentido evolutivo). Se sabe que el trastorno es más común en quienes sufrieron alguna forma de maltrato (físico, emocional o sexual), y/o en quienes forjaron vínculos débiles con su figura de apego principal, especialmente cuando se carecía de intercambios afectuosos con ella.

También se ha observado una prevalencia alta en víctimas de conflictos bélicos, u otras crisis vivenciales en las que la mano humana fue la responsable principal (secuestros, robos, etc.). La experiencia de desastres de orden natural, como terremotos o inundaciones, también se ha relacionado con él (aunque de una manera mucho menos contundente).

2. Impulsividad cognitiva

Los patrones de solución de problemas en los que predomina la impulsividad se asocian de forma muy estrecha con el trastorno explosivo intermitente, especialmente al convivir con un procesamiento social deficiente de las "claves" emocionales que orientan las relaciones entre seres humanos.

Así, por ejemplo, son muchos los trabajos sugerentes de que quienes sufren este problema tienden a interpretar de manera hostil las intenciones de los demás, y a atisbar ira en configuraciones gestuales que la mayor parte de la gente juzga como neutras.

3. Neurofisiología

En lo relativo a aquello que se conoce sobre el funcionamiento del cerebro en este trastorno, con información procedente sobre todo de los estudios de neuroimagen, se ha determinado que existen alteraciones en dos estructuras: la corteza orbitofrontal (asociada a funciones de tipo ejecutivo como la solución de problemas y al autocontrol) y la propia amígdala (estructura límbica que contribuye al procesamiento de la información emocional).

Algunos estudios detectan una asimetría en la corteza orbitofrontal, al comparar el hemisferio derecho con el izquierdo, y una reducción del volumen total de sustancia gris regional. En lo concerniente a la amígdala los datos son más bien de tipo funcional, y subrayan una suerte de hiperactivación cuando la persona visualiza rostros con la composición gestual asociada a la ira.

Así, podría advertirse una alteración en los circuitos responsables de la regulación de los afectos, que serían particularmente fuertes y carecerían de los recursos necesarios para su contención.

4. Genética

Por último, se ha documentado que existe un trasfondo genético notable para este trastorno, ya que los familiares de primer grado de una persona afectada tienen una probabilidad más elevada de padecerlo también.

Puesto que en estos casos es difícil discriminar la aportación relativa del aprendizaje y de la herencia, se han llevado a cabo estudios con gemelos monocigóticos criados en familias diferentes y se ha estimado que ambas variables explican una varianza equivalente (50% en cada caso). Esto es, son igualmente importantes.

Tratamiento

La psicoterapia ha demostrado ser muy eficaz para el adecuado abordaje terapéutico de este trastorno, junto a los fármacos antidepresivos (entre los que destacan los ISRS o inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina), y especialmente la modalidad que combina los dos procedimientos. En este artículo solo nos centraremos en los tratamientos psicológicos, que son muchos y variados, todos ellos con la evidencia empírica a su favor.

El programa que suele proporcionarse a estos pacientes es mixto, e incluye módulos cuyo fin es la reestructuración cognitiva (sobre todo de ideas relacionadas con intenciones hostiles o de daño), las técnicas del control de activación (relajación muscular progresiva de Jacobson y respiración diafragmática) y las estrategias de toma de decisiones (que permiten detenerse a pensar en momentos de ambigüedad para así facilitar un proceso comedido de resolución de problemas que eluda la impulsividad).

También se han utilizado con mucho éxito las terapias de juego (mediante las cuales el niño desarrolla competencias emocionales/sociales con actividades lúdicas); y las que hacen uso de la introspección como salvoconducto hacia una mejor identificación, atención, distinción y regulación de los afectos.

Referencias bibliográficas

  • Mccloskey, M., Waldo, K., Berman, M., Chen, E. y Coccaro, E. (2010). Unhealthy Aggression: Intermittent Explosive Disorder and Adverse Physical Health Outcomes. * Health psychology : official journal of the Division of Health Psychology, American Psychological Association, 29, 324-332.
  • Silka, V.R. y Hurley, A. (2000). Intermittent explosive disorder (IED). Mental Health Aspects of Developmental Disabilities, 3, 149-152.
Joaquín Mateu-Mollà

Joaquín Mateu-Mollà

Doctor en Psicología

Joaquín Mateu-Mollá (Valencia, 1985) es Psicólogo General Sanitario y Doctor en Psicología Clínica por la Universidad de Valencia. Cuenta con estudios de postgrado en Psicopatología (Máster Oficial), y es un apasionado de la divulgación científica. Es colaborador habitual en la revista digital Psicología y Mente.